Me preguntaron una vez:
¿Por qué escribes?
Mi mente, en sus formas extrañas de proceder, cambió la pregunta a: ¿Para qué escribes?
Pude ser directo al dar una respuesta del porqué, algo así como:
«Porque quiero» o «porque sí».
Pero, al conocer que la persona que me hizo la pregunta usaba «por qué» como si fuera un «para qué» bajo el mismo contexto, le contesté algo similar a lo siguiente:
«Porque me gusta entretenerme, y si puedo compartir mi entretenimiento con alguien más, ¿por qué no?»
Con el tiempo, la idea de que mis historias están escritas en un lenguaje más sencillo (como me dijo una editorial) se está convirtiendo en algo que me gustaría que se viera de la siguiente forma:
Escribo para crear ese escalón faltante que debe existir para invitar a personas que no leen a leer.
En vez de comenzar por algo complejo y largo como Don Quijote (que no digo que sea malo empezar allí) o La Ilíada, pueden empezar con mis historias y luego, mudarse a libros más largos y complejos, como Cien años de soledad o disfrutar la complejidad del Poema de Mio Cid. Si eso pasa, misión cumplida.
Comprendo por qué en los colegios (si es que aún lo hacen) nos pusieron a leerlos, y seré honesto, a mí se me dificultó. El lenguaje adornado lo sentía innecesario en aquél entonces, porque lejos de empaparme en lo que pasaba, me distraía, y al buscar el significado de las palabras nuevas o que no comprendía, me perdía en el diccionario buscando otras cosas, dejándome sin ganas de regresar a la obra.
Así como me pasó a mí, les ha pasado a varios por diversas razones.
Uno de joven, mira el mundo de diferente forma a un adulto; sus prioridades son diferentes.

Leer El Quijote era una odisea, largo hasta decir «ya no», pensaba en aquel entonces. Mejor vi la serie animada de 1979 de Romagosa Internacional. Y no crean, ¡me sirvió para pasar la materia!
En fin, escribo por diversión y para entretener a los lectores nuevos, y como dije antes, si logro ser el gancho, el escalón faltante para que otra persona más entre al mundo de los libros, pues me daré una palmada en la espalda y me diré: «Misión cumplida».

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